El Museo del Prado. Existirá algo más maravilloso que esto en Madrid? – Parte 2

Las Meninas o la apuesta perdida que cambió la perspectiva de un Rey

Por Alexander Toro


Hablar de Madrid es hablar de los reinados que en ella se establecieron y como resultado de esto, todo el poder administrativo, politico y cultural de España que se centralizo en esta ciudad. De todas maneras seria imposible desconocer, al menos por mi parte, la riqueza y firmeza cultural que muchas regiones poseen, con sus ciudades y pueblos, con ese constante anhelo de ser reconocidas como independientes.

Aunque a mi parecer una decisión separatista podría debilitar a España como un todo, y al ver la tragedia que embarga a la comunidad Valenciana por estos días debido a la Dana de finales de octubre de 2024, la autonomía de las regiones no ha sido suficiente para tomar las decisiones correctas y en casos como este, si conviene una España unificada para la recuperación económica, social y cultural de las regiones.

Pero Madrid es el centro de España, ya que desde su reinado, Felipe II decidió centralizar geográficamente la monarquía, que en el pasado se movía de un lugar a otro para tener más influencia en las diferentes regiones, al alcazar de Madrid, aquella obra que iniciaron los musulmanes durante la invasión, o mejor decir, cuando fue su turno de invasion ya que la peninsula Ibérica se la turnaban unos u otros.

Visitando el Palacio Real de Madrid se puede caminar a las afueras a través de la calle de Bailén y llegar a la plaza de Oriente donde se puede disfrutar de la estatua ecuestre de Felipe IV, uno de los sucesores de Felipe II y diseñada por el pintor Diego Velasquez, dos de los protagonistas de esta historia que contaré. Por cierto, esta estatua se trata de la primera de tipo ecuestre con su caballo equilibrado en dos patas con la asesoría de Galileo Galilei.

Tanto a Diego Velasquez y al rey Felipe IV los volvería a ver en El Museo del Prado, esta vez en una de esas demostraciones de quién tiene la razón, si el Rey o su súbdito, que desenlazo en una de las obras más fascinantes del arte español.

Las Meninas o la apuesta perdida que cambió la perspectiva de un Rey

En la Europa de los siglos XVI y XVII las profesiones se clasificaban en dos grupos principales, Artes Liberales, disciplinas como la teología, la jurisprudencia, la filosofía que se consideraban intelectuales y propias de las clases acomodadas como la nobleza y monarquía, y las Artes Mecánicas, que eran los oficios manuales y artesanales como la herrería, carpintería y la pintura, que eran realizados por las clases sociales menos favorecidas ya que el trabajo manual se consideraba menos prestigioso.

Esto no le permitía a las personas con oficios manuales acceder a altos rangos, posiciones sociales o privilegios de los nobles, pero un pintor, Diego Velasquez, estaba decidido a cambiar esta percepción por parte de no solo los nobles sino del mismo rey.

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez nació en 1599 en Sevilla donde iniciaría su formación artística y posteriormente se trasladaría a Madrid en 1623 donde poco después fue nombrado pintor de la cámara del Rey Felipe IV. Este nombramiento le permitiría desarrollar una impecable carrera en la corte y ser reconocido uno de los máximos exponentes de la pintura universal. Pero este titulo se lo ganaría a pulso y pinceladas, pero también con la inconformidad y rebeldía que son características de la genialidad.

Desde que el pintor Diego Velasquez llegó al Alcazar de Madrid en 1623, que por cierto a esas alturas estaría mucho mas remodelado por Felipe IV dandole un aire más palaciego y menos de una fortaleza militar, siempre consideró su profesión de pintor como algo especial , que requería de intelecto y conocimientos de técnicas que eran perfeccionadas a lo largo de los años. Tal vez esa era la percepción en Sevilla de donde provenía, pero no en Madrid y mucho menos para los Cortesanos y muchísimo menos para el concepto del Rey.

Diego VelasquezAutorretrato

Detengamonos un momento y hagamos una similitud. En nuestra época actual, una fotografía es algo que tiene asociado muchos contextos, pero con la llagada de los teléfonos inteligentes que incorporan cada vez mejores cámaras, esa disponibilidad ha restado en casos prácticos, la preparación que esto conlleva, la composición, exposición, enfoque, balance de blancos, perspectiva y hasta contexto y narrativa. Esta despreocupación de factores técnicos y la llegada de la IA como herramienta de edición e incluso de alteración de elementos, han hecho que este arte cada vez sea menos orgánico, técnico e intelectual.

En comparación, una pintura era algo que se encargaba, ya sea por que alguien deseaba tener un retrato, un paisaje o una residencia. Pero esta labor no se detenía ahí, en todas las ocasiones los retratos por ejemplo, se elaboraban no solo para plasmar en pintura a los retratados, sino para transmitir estatus y poder. Incluso, en algunas ocasiones, se exageraban rasgos físicos de los retratados haciendo que parecieran más altos, o delgados y quizás mas intrépidos y atléticos si se trataba de cuadros de batallas, esto como precursores de los filtros para fotos actuales.

Por su talento, Diego Velasquez paso a ser pintor de cámara del rey, quizás uno de los títulos más altos que un pintor pudiese alcanzar dentro de su carrera artística. Ser pintor de cámara incluía realizar retratos reales, tanto oficiales como de la familia de rey y otros miembros destacados de la corte. Otras labores comprendían la supervision artística, para lograr una uniformidad en los diseños del palacio y otras residencias reales. Por último, realizar un asesoramiento estético en la adquisición de obras y seleccionar arte con el estilo y gusto del rey.

Rey Felipe IV por Diego Velasquez

Tal titulo, el de pintor de cámara, representaba la cercanía y confianza del rey y tal vez por esto y también por el reconocimiento de su propia labor, Diego Velasquez se negaba a pensar que su trabajo fuera catalogado como un simple trabajo manual mecánico y que se merecía un reconocimiento a su labor intelectual y artística. Pero no solo se limitaría a obtener un reconocimiento, sino que se merecía pertenecer a la mismísima corte del rey. A su parecer, no estaba disparándole a la luna, era algo que se merecía! Pero tenia un obstáculo, y uno bien grande, el rey.

El rey Felipe IV no era del mismo parecer de Diego Velasquez en cuanto a su labor. A pesar de que al ser su pintor de cámara y todo lo que esto implicaba, por su cercanía y confianza, no se explicaba como Diego le había ya solicitado, quizás en un par de ocasiones, su interés en pertenecer a la corte siendo un pintor, si tal titulo solo era otorgado por victorias militares, patrocinio de otros cortesanos o capacidades intelectuales y ser pintor no era ni lo uno ni lo otro.

Según el rey, los pintores trabajaban por encargo, ningún pintor iba a malgastar su tiempo a menos que alguien encargase algo! – decía el rey. Por eso no se considera trabajo intelectual, alguien ya tuvo una idea y el pintor solo se encarga de plasmar con pinturas y en un lienzo tal idea.

A esto, el artista, con la confianza concedida y su familiaridad con el rey, argumentaba: Esta bien que exista una idea preconcebida, pero no es lo único de lo que un pintor se debe preocupar, que hay de la composición de colores para representar la elegancia de un palacio, o quizás lo complejo que es representar la iluminación a través de la pintura, y que hay del contexto y proyección de lo que se quiere transmitir!

El rey argumentaba a su vez: – No, todo lo que me estáis diciendo corresponde a términos técnicos propios de tu labor y no representan más que una copia fiel de la realidad, solo que sobre un lienzo. Todos los elementos que mencionáis ya están ahí y no se requiere el mayor de los intelectos solo cambiarlos de medio, si se requiere intelecto, es para crear la realidad y de eso ya se encargó nuestro Dios, no para plasmarla en un lienzo!

—Además! —continuó el rey, con la intención de darle punto final a la discusión— nadie va a querer una pintura que no haya encargado, a menos que sea un retrato, o algo que le pertenezca al ámbito de la realidad. Así que mi estimado Diego, todo lo que hacéis es capturar un momento de un persona u objeto, quizás exagerarlo, pero el momento en sí no sale de su imaginación y no se hable más del tema — ordenó el rey.

Solo última cosa mi rey – Se aventuró a decir el pintor. Si todo lo que os decís es la última palabra, lo aceptaré con resignación, pero si me lo permitís, déjame hacer una pintura de algo que no pertenezca a la realidad y que sea totalmente inventada por mi, y que además, ni siquiera hayas posado para mí. Si es de tu agrado la aceptaras, pero también aceptaras que tengo la razón y que se requiere mas que el intelecto para pintar no solo el movimiento de mis manos.

Imposible tal cosa — dijo el rey — pero tampoco voy a perder la oportunidad para que esa pintura sea el recordatorio de que tu oficio no es más que plasmar la realidad en un lienzo, nada más que eso. —Se marcho el rey, seguro de si mismo y de su punto de vista.

¡Que tamaño de tarea le esperaba a Diego! No solo realizar una obra que de por sí debería ser excepcional, sino algo que saliera de su imaginación y que el rey, ya predispuesto a no darle la razón, la aceptase y no solo su obra, sino que se había equivocado. Pero la genialidad del pintor era su mejor argumento y su técnica y destreza las razones por las que era el pintor de cámara del rey. Al parecer tenia todos los argumentos para ganar esta contienda.

La Meninas – Aquellas jovenes damas de compañía que acompañan a la infanta Margarita – Museo del Prado, Madrid, España

Y ahí estaba el pintor creando una obra que integraba una composición espacial innovadora, integrando múltiples planos de profundidad para crear una sensación de tercera dimensión en el plano bidimensional del lienzo. Un juego de espejos y reflejos del rey Felipe IV y la reina Mariana de Austria, donde no se revela fácilmente cual es la posición del observador. Nivel excepcional de los detalles y la iluminación confiriendo a la pintura un realismo, como si la escena realmente hubiese ocurrido, esto acentuado por la configuración de las sombras y luces de cada personaje individual.

Con todos estos elementos el resultado fue una escena cotidiana en el Alcazar de Madrid, precisamente en el taller del pintor en donde el mismo aparece autorretrato junto a la infanta Margarita, que acostumbraba ingresar al taller para curiosear que estaba pintando el artista. El séquito de la infanta estaba compuesto por dos meninas, María Agustina Sarmiento de Sotomayor a la derecha de la infanta, ofreciéndole una jarra de agua e Isabel de Velasco a la izquierda, en una postura que parece prepararse para inclinarse.

También la acompañaban los enanos de la corte, Nicolasito Pertusato, un enano italiano que aparece junto al perro empujándolo con el pie, y María Bárbola, la enana con una expresión seria que aparece cerca del perro. Así mismo, aparecen en la obra, Marcela de Ulloa, Dama de compañía de la reina, el guardadamas, el hombre junto a Marcela de Ulloa y al fondo el aposentador que parece que deja la escena.

—¡Pero qué habéis pintado, Diego! Si el protagonista de ese cuadro sois vos —dijo el rey, soltando una carcajada sonora—. ¿En serio pensáis que este es un cuadro que yo aceptaría, y mucho menos que alguien quisiera comprar? Más os vale que este no sea el cuadro por el que tanto esfuerzo habéis puesto para convencerme de que hacéis uso de la capacidad intelectual en la creación de una pintura, porque retrataros a vos mismo no supone nada especial —continuó el rey, riendo aún más fuerte.

—Mi rey, esta es la obra, y quisiera haceros notar algunos detalles y por qué, aunque no aparezcáis directamente en ella, sois vos, su majestad, el protagonista principal —dijo Diego, sabiéndose vencedor en esta contienda artística—.

—Primero, su majestad, reconoced si esta es una escena que haya sucedido en el taller de pintura. ¡Claramente no! —respondió el rey, tomando solo unos segundos en admitirlo.

—Ahora bien, ¿por qué digo que sois vos el protagonista principal? —continuó Diego, dando su explicación—. Bueno, esta es una escena donde está vuestra adorada hija, la infanta Margarita, con su séquito, pero si os fijáis bien, la escena es detenida por vuestra presencia y la de la reina Mariana, que se reflejan en el espejo del fondo.

— Por tal razón — Continuó Diego, señalando — la menina Isabel, a la derecha, se prepara para inclinarse y hacer una reverencia; la enana María es tomada por sorpresa y no sabe qué hacer, solo pone un rostro serio y solemne; el enano Nicolasito empuja al perro para que deje de descansar y se levante ante vuestra presencia; y los demás detienen sus actividades, incluso yo —concluyó Diego—, que detengo mis trazos a la obra para reverenciar vuestra presencia.

—Esta obra, aunque no estéis como protagonistas principales, expresa lo que vuestra presencia, autoridad y poder, que pertenecen a vuestras figuras y la de su majestad la reina Mariana, ocasiona en quienes os observan. Y cuando estéis de pie frente a ella, la escena se detendrá una y otra vez ante vosotros —concluyó un orgulloso Diego, viendo victorioso cómo el rey Felipe tapaba su boca con una mano en señal de asombro.

Después de esto el rey Felipe acepto la obra y fue puesta en el taller de Diego, el mismo que aparece en la escena, y donde las colecciones privadas eran exhibidas para los invitados.

El ingreso de Diego Velasquez a la nobleza no fue fácil. El camino fue largo y complicado debido a los rigurosos requisitos para demostrar la pureza de sangre y la nobleza de linaje. El rey Felipe IV apoyó decididamente su candidatura y contribuyó a superar los obstáculos que surgieron durante la investigación sobre sus antecedentes.

Finalmente, Diego logró lo tan anhelado y fue admitido en la Orden de Santiago en 1659. Ser admitido en la orden es un símbolo de prestigio y reconocimiento social, un gran honor, reservado para nobles y personas de renombre. Le tomó tres años, ya que inició su proceso en 1956, justo después de pintar Las Meninas y de convencer al rey Felipe del valor intelectual del oficio del pintor.

Diego Velasquez fallecería un año después de lograr su objetivo, en 1660. Se dice que el rey Felipe IV, que había hecho una relación de respeto mutuo, por lo demostrado por Diego Velasquez a través de Las Meninas, pinto tiempo después la Cruz de Santiago en el cuadro, sobre el pecho del artista en señal de respeto y admiración.

Diego Velasquez con la cruz de la orden de Santiago, posiblemente pintada por el rey Felipe IV después del fallecimiento del artista en 1660.

El cuadro Las Meninas, que por cierto inicialmente fue catalogado en el Alcazar de Madrid como «Retrato de la señora emperatriz con sus damas y una enana», posteriormente fue llamado «La familia de Felipe IV» y por último en 1843 se le llamó «Las Meninas» por el Museo del Prado; ha tenido múltiples interpretaciones a lo largo de los siglos.

Quizás la más aceptada es que el Diego Velasquez logro burlar al rey Felipe IV, ya que en su contienda logro convencer al rey que las figuras de la obra se inclinaban ante su presencia. Una de las perspectivas de esta historia dice que en realidad el reflejo en el espejo detrás del pintor efectivamente si es el de Felipe IV y la reina Mariana de Austria, pero el reflejo es del cuadro que en ese momento esta pintando, no que efectivamente estuviesen e su habitación o hubiesen llegado de imprevisto ya que la entrada al taller de pintura es la que se muestra al fondo de la misma, donde aparece Jose Nieto Velasquez, el aposentador.

Por otra parte, en los cuadros familiares, normalmente no se pintaba a todo la familia reunida, muchos no tenían el tiempo al mismo instante para posar todos juntos y en este se ve la infanta Margarita totalmente inmóvil como posando para ser retratada junto a sus padres.

Por otra parte, se pude intuir que se esta utilizando un espejo para que el pintor pudiera plasmar a la infanta sin tener que rodear el gran lienzo cada vez que fuera a realizar algún detalle en el lienzo. Esto deja a los espectadores de la obra, es decir, usted y yo e incluso al rey Felipe IV, del otro lado del espejo.

Esta perspectiva supone que el observador de la obra no existe y por lo tanto los personajes están viviendo su cotidianidad, con una niña siendo retratada, sin las perturbaciones causadas por la presencia de sus majestades, como le hizo creer Velasquez al rey Felipe IV para ganar su lugar en la corte.


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